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Autoestima y asertividad: atreverte a ser tú

  • 6 feb 2021
  • 4 min de lectura



Una persona con una autoestima sana no es aquella que se siente perfecta ni que siempre está segura de todo. Es aquella que puede estar en paz consigo misma, aceptando lo que forma parte de ella: sus fortalezas, sus dificultades, sus luces y sus sombras.


La autoestima tiene mucho que ver con el permiso interno para ser una misma/o. Sin embargo, muchas veces aprendemos a protegernos utilizando formas de responder que, aunque en un primer momento parecen defendernos, a largo plazo pueden dañar nuestra seguridad, nuestras relaciones y la confianza en nuestra propia persona.


A veces, para no mostrarnos tal y como somos, construimos una especie de “armadura”. Dos de las más frecuentes son la agresividad y la pasividad.


Cuando la agresividad intenta proteger la inseguridad

La persona agresiva suele responder desde la tensión, la imposición o el ataque. Puede utilizar un tono elevado, adoptar una postura defensiva y tratar de imponer su criterio por encima del de los demás.


Aunque desde fuera pueda parecer una persona muy segura, muchas veces detrás de la agresividad hay inseguridad, miedo a equivocarse o dificultad para aceptar la propia vulnerabilidad.


Ante una crítica, la persona agresiva puede reaccionar con enfado, descalificación o ataque. No tolera fácilmente la posibilidad de haberse equivocado, porque interpreta el error como una amenaza a su valor personal. En lugar de escuchar, se defiende atacando; en lugar de revisar lo ocurrido, intenta salir vencedora de la situación.


El problema es que esta forma de protegerse suele tener un coste alto: deteriora los vínculos, genera distancia y puede provocar rechazo en las personas que la rodean.


Cuando la pasividad silencia lo que sentimos

La persona pasiva, por el contrario, tiende a callar, ceder o adaptarse de manera excesiva a lo que otras personas esperan. Puede tener dificultades para expresar su opinión, defender sus necesidades o poner límites, incluso cuando siente que algo no está bien.


Al igual que ocurre con la agresividad, la pasividad también suele estar relacionada con la inseguridad. En este caso, la autoestima depende mucho del juicio externo: de la aprobación, de la aceptación o del miedo a molestar.


Ante una crítica, la persona pasiva suele replegarse. En lugar de preguntarse si esa crítica es justa, útil o verdadera, tiende a asumirla como cierta. Esto puede alimentar pensamientos muy dañinos como: “no valgo”, “no soy capaz”, “todo lo hago mal” o “no estoy a la altura”.


Cuando una persona se cree cualquier crítica sin filtrarla, corre el riesgo de convertir esa mirada externa en una verdad interna. Y poco a poco puede acabar actuando desde esa imagen negativa de sí misma.


El coste de no ser una misma/o

Tanto la agresividad como la pasividad pueden parecer formas de protección, pero con el tiempo suelen pasar factura.


La pasividad y la huida pueden generar ansiedad, angustia, tensión, tristeza o una sensación constante de no estar a la altura. La agresividad y el ataque pueden alimentar la ira, el malestar físico, la culpa y el deterioro de las relaciones.


En ambos casos, hay un punto en común: la persona no se está permitiendo ser ella misma de una forma auténtica, respetuosa y libre.


Estas “armaduras” pueden resultar muy pesadas. Deterioran las relaciones, generan insatisfacción y dañan la autoestima y la autoconfianza.


La asertividad: una forma sana de estar en el mundo

La asertividad es la capacidad de expresar lo que pensamos, sentimos y necesitamos de manera clara, respetuosa y honesta. No consiste en imponer, pero tampoco en callar. No significa ganar una discusión, sino poder estar en una relación sin perderse a una misma/o.


Una persona asertiva se atreve a ser quien es. Se relaciona con los demás desde el respeto, pero también desde el respeto hacia su propia persona.


Ser asertiva/o implica poder decir “no”, expresar desacuerdo, pedir lo que se necesita, poner límites, reconocer errores y defender una opinión sin atacar ni someterse.


La asertividad también tiene mucho que ver con la responsabilidad. La persona asertiva comprende que sus palabras y sus actos tienen consecuencias, y procura relacionarse desde la honestidad, la escucha y la cooperación.


Autoestima y asertividad van de la mano

Cuanto más sana es la autoestima, más fácil resulta expresarse con libertad. Y cuanto más practicamos la asertividad, más reforzamos la confianza en nuestra propia persona.


Cada vez que una persona se atreve a decir lo que siente, a poner un límite o a mostrarse de forma auténtica, está enviándose un mensaje muy importante: “lo que pienso, siento y necesito también importa”.


La asertividad no aparece de un día para otro. Se entrena. Requiere autoconocimiento, práctica y, muchas veces, aprender a soltar el miedo al conflicto, al rechazo o a decepcionar.


Aprender a mirarse con honestidad

En El principito, Antoine de Saint-Exupéry escribe:


“Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio.”


Esta frase nos recuerda que mirar hacia dentro no siempre es fácil. Reconocer nuestras luces y nuestras sombras requiere valentía. Pero también es un camino necesario para dejar de vivir desde la armadura y empezar a relacionarnos desde un lugar más libre, más honesto y más auténtico.


La autoestima no consiste en gustarnos siempre. Consiste en poder acompañarnos incluso cuando algo necesita ser revisado, cambiado o cuidado.


Y la asertividad es una de las formas más valiosas de hacerlo.

 
 
 

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