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El autocontrol en la infancia puede predecir el bienestar en la vida adulta

  • 11 feb 2021
  • 4 min de lectura



En 1972 comenzó uno de los estudios más conocidos e interesantes sobre el desarrollo humano: el Proyecto Dunedin. Se trata de un estudio longitudinal realizado en Nueva Zelanda que siguió la evolución de más de mil personas nacidas entre 1972 y 1973 en la ciudad de Dunedin.


El objetivo era responder a preguntas tan profundas como:¿Por qué somos como somos?¿Por qué nos ocurre lo que nos ocurre?¿Qué factores influyen en nuestra salud, nuestras relaciones, nuestros logros y nuestras dificultades?


Este proyecto no se centró únicamente en la salud mental, sino también en la salud física, la historia médica, las relaciones interpersonales, los éxitos, los fracasos y diferentes aspectos de la vida de una persona. Por eso, sus resultados han sido tan valiosos para comprender el desarrollo humano.


Hoy quiero centrarme en una variable especialmente importante: el autocontrol.


¿Qué es el autocontrol?

El autocontrol es la capacidad de regular nuestros impulsos, emociones y conductas para actuar de acuerdo con un objetivo. No significa reprimir lo que sentimos, sino aprender a esperar, tolerar la frustración y elegir una respuesta más adecuada en lugar de dejarnos llevar únicamente por el impulso del momento.


Nuestras madres y abuelas ya lo decían de otra manera:“Ten paciencia.”“Quien siembra, recoge.”


Hoy sabemos que detrás de esas frases hay algo muy importante: la capacidad de esperar una recompensa, sostener el esfuerzo y no dejarnos dominar por la gratificación inmediata puede tener un peso relevante en nuestro desarrollo.


La demora de la gratificación

Uno de los experimentos más conocidos sobre autocontrol fue el realizado por Walter Mischel y su equipo, conocido como el experimento de la demora de la gratificación.


La dinámica era aparentemente sencilla. A un niño o niña se le ofrecía una recompensa atractiva, como una golosina. Podía elegir entre comérsela en ese momento o esperar unos minutos y recibir dos recompensas en lugar de una. La mayoría quería la recompensa mayor. Sin embargo, no todos conseguían esperar.


Algunos niños y niñas eran capaces de resistir la tentación utilizando diferentes estrategias: se distraían, cantaban, se tapaban los ojos, miraban hacia otro lado o pensaban en la golosina de una manera menos apetecible.


Lo más interesante de este experimento no fue solo observar quién podía esperar, sino comprobar que las estrategias de autocontrol podían enseñarse y entrenarse.


Esto es fundamental: el autocontrol no es simplemente una característica con la que se nace o no se nace. También puede aprenderse.


El espacio entre el impulso y la respuesta

Cuando un niño o una niña consigue frenar el impulso de actuar inmediatamente, se abre un pequeño espacio entre el estímulo y la respuesta. Ese espacio es muy importante. Ante la golosina, el impulso sería comerla. Pero si la persona consigue detenerse unos segundos, puede pensar, recordar el objetivo, regular la emoción y elegir una conducta diferente.


Ese pequeño margen permite acceder a funciones más complejas: la memoria de trabajo, la planificación, la regulación emocional y la capacidad de orientar la conducta hacia una meta.

Cuando no existe ese espacio, el impulso manda. Cuando existe, aparece la posibilidad de elegir.


Autocontrol y vida adulta

Los resultados del Proyecto Dunedin mostraron que las personas que presentaban mayor autocontrol durante la infancia tendían a desenvolverse mejor en diferentes áreas en la vida adulta.


Entre otros aspectos, se observó relación con una mejor salud, mayor estabilidad, menos problemas legales y mejores resultados económicos.


Esto no significa que el autocontrol sea el único factor importante. La vida de una persona está influida por muchos elementos: el contexto familiar, la clase social, las oportunidades, la salud, las experiencias vividas, el apoyo recibido y muchos otros factores.


Pero sí parece que el autocontrol es una habilidad especialmente valiosa, porque ayuda a organizar la conducta, tolerar la frustración, sostener objetivos y tomar decisiones menos impulsivas.


¿Por qué es tan importante trabajarlo en la infancia?

La infancia es una etapa clave para aprender habilidades de regulación emocional y conductual. Enseñar autocontrol no significa exigir obediencia ciega ni pedir a un niño o niña que no sienta.

Significa ayudarle a:

  • reconocer lo que siente,

  • tolerar la frustración,

  • esperar cuando es necesario,

  • comprender consecuencias,

  • buscar alternativas,

  • aprender a calmarse,

  • y desarrollar estrategias para no actuar únicamente desde el impulso.


Estas habilidades no se aprenden de golpe. Se entrenan poco a poco, en situaciones cotidianas y con el acompañamiento de las personas adultas.


Un niño o niña no aprende autocontrol porque se le diga “contrólate”. Aprende autocontrol cuando alguien le ayuda a poner palabras a lo que siente, le ofrece límites claros, le enseña estrategias y le acompaña en la frustración sin humillarle ni desbordarse.


Autocontrol no es perfección

Es importante aclarar que el autocontrol no consiste en que un niño o niña se porte siempre bien, no se enfade, no proteste o no cometa errores.


El autocontrol es una habilidad progresiva. Requiere maduración, práctica y acompañamiento.


También es importante no confundir autocontrol con represión emocional. No buscamos que la infancia esconda lo que siente, sino que aprenda a expresarlo de una forma más saludable.


Sentir rabia, tristeza, miedo o frustración es normal. La clave está en aprender qué hacer con esas emociones.


Una habilidad que puede entrenarse

Una de las ideas más esperanzadoras de estos estudios es que el autocontrol puede desarrollarse.


Podemos enseñar a esperar, a pensar antes de actuar, a tolerar pequeñas frustraciones, a regular la emoción y a mantener la atención en un objetivo.


Y esto no solo ayuda en la infancia. Son habilidades que acompañan durante toda la vida.


En terapia, trabajar el autocontrol puede ser fundamental en niños, niñas y adolescentes que tienen dificultades para regular impulsos, tolerar la frustración, sostener la atención o gestionar emociones intensas.


Conclusión

El autocontrol en la infancia puede influir de manera importante en la vida adulta, pero no como una sentencia, sino como una habilidad que abre posibilidades.


Aprender a esperar, regular los impulsos y sostener el esfuerzo ayuda a construir recursos personales muy valiosos para el futuro.


Como decía Daniel Goleman:

"No deberíamos subestimar la importancia de las pequeñas responsabilidades cotidianas: practicar un instrumento, cuidar una mascota, cumplir una tarea o sostener un compromiso. A veces, en esas pequeñas acciones se está entrenando algo mucho más profundo: la capacidad de dirigir la propia vida con mayor conciencia, responsabilidad y libertad."

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